domingo, 15 de mayo de 2011

MIDNIGHT IN PARIS (o “cualquier tiempo pasado fue mejor”)


He de reconocerlo, cuando se trata de Woody Allen pierdo objetividad de manera evidente. Me gustan las pelis de este genio desde el minuto 1, desde que empiezo a ver los créditos, siempre los mismos en tipología, y a escuchar la música que los acompaña, casi siempre una melodía con tono optimista. Desde “Match Point” no considero una película de Allen como “un peliculón”, pero su último filme también me ha gustado mucho. No es lo que yo llamo un peliculón, como digo, pero es una cinta sencilla, agradable de ver, hecha con gusto, de las que apetecerá revisar en el futuro, seguro.

De entrada le agradecí al bueno de Woody que, en los primeros planos donde hacemos un maravilloso paseo por el Paris actual, pusiera al descubierto el secreto mejor guardado de la ciudad del amor: allí siempre llueve… ¡es cierto! Siempre llueve, y sin embargo siempre se nos muestra una París soleada, ciudad de la luz por excelencia. Lluvia y amor se conjugan de forma magistral en esta cinta, en los momentos precisos. Y es que nos encontramos ante una maravillosa comedia romántica, nada que ver con las americanadas con la Jennifer Aniston de turno. Comedia porque los diálogos están plagados de momentos en los que no solo se esboza una sonrisa sino en los que directamente uno suelta una gran risotada, centrados sobretodo en la figura del protagonista, alter ego más que evidente del propio realizador… un “poquito” más joven, más alto, más guapo y más rubio, pero con la personalidad de Allen transfigurada en aquél. Owen Wilson borda su papel (y decir esto sin ver la versión original es siempre arriesgado) y nos hace olvidar (salvo por el propio doblaje, que es el habitual) al simpático payasete de las comedias de los hermanos Farrelly y cia. Y romántica porque, aunque la peli trata en esencia de la búsqueda de un escritor de su inspiración en sus propias fuentes, de las que ha bebido siempre, y de un modo tan directo como conviviendo con ellos en un “viaje” (en el sentido figurado -¿o no?- de la palabra) directo al París de los años 20, nos muestra una tierna relación de amor, cómo éste llama a la puerta del protagonista sin nisiquiera buscarlo, y como enfrenta sus sentimientos por una persona a todas luces ideal e imaginaria con los que tiene respecto a la que se supone que ha de ser la mujer de su vida, con la que, según las reglas no escritas de la vida, va a casarse y reproducirse, con todas las bendiciones sociales. No digo más por no destripar, algo muy habitual en mis cometarios como ya sabéis mis cientos de miles de lectores….

En esta película se nos muestra algo con claridad, y es que cualquier tiempo pasado fue mejor. El inconformismo natural de cada generación respecto a su presente y la idealización de tiempos pretéritos. El paseo por el París de los años 20 es magnífico. Nos encontramos con unos jóvenes Scott y Zelda Fitzgerald, Hemingway, Cole Porter, Picasso, Dali, Buñuel… una pandilla, vamos… el protagonista está encantado en compañía directa de sus ídolos y encuentra en ellos la inspiración que en el insípido siglo XXI y en las comodidades de Beverly Hills nunca le llegaba. Y lo que quiere es vivir en una buhardilla de Montmartre, y es que es un bohemio… un raro para sus contemporáneos. Pero lo cierto es que en los años 20 nos encontramos con la crítica social contemporánea, y se hacen referencias al Paris de algunas décadas antes, ese Paris con Degas y Toulousse Lautrec en Pigalle, quienes a su vez añoran épocas pasadas… siempre con esa estúpida manía de ver lo bueno de lo pasado y lo malo de lo presente.

Allen está enamorado de París, se le nota, y enamorado además de ese París de los años 20; enamorado de los románticos que se empeñan en pasear bajo la lluvia y disfrutar de ese momento mágico. Y esa magia nos la transmite a la perfección.

Película más que recomendable por tanto, y que deja un regustito muy bueno en el paladar.

Trailer: http://www.youtube.com/watch?v=4w0sTMV0eYA